Juana de Avis 555 años después

La Reina Juana y sus damas portuguesas fueron un revulsivo para la moda de corte castellana de los años 60 y principios de los 70 del siglo XV. Lejos de adaptar sus vestidos a los de esta corte, o adoptar modas foráneas (por entonces la influencia francesa y sobre todo borgoñona eran tónica común en la Europa occidental, y lo italiano empezaba a llegar), generaron una estética nueva y atrevida. El éxito y proporcional escándalo fue tal que por primera vez en Castilla hubo necesidad de advertir por escrito sobre el vestido de la mujer en la corte. 

Foto tomada de http://www.rtve.es/television/isabel-la-catolica/Foto tomada de http://www.rtve.es/television/isabel-la-catolica/

 Esto ya había sucedido en otras cortes respecto a varios elementos del traje: por supuesto determinados colores de tintura especialmente cara, pieles especialmente lujosas, en concreto veros y armiños, o tejidos de seda y oro, que en algunos lugares se reservaban a la nobleza por ley. En un plano moral, estuvieron en el punto de mira los zapatos demasiado puntiagudos, el uso de cascabeles, las aplicaciones de  piedras falsas de vidrio (bisutería prohibida), y en el caso concreto de las mujeres, tocados de alturas imposibles.

 Los tocados imposibles son uno de los complementos más atractivos del traje del siglo XV, y aunque la cultura visual medieval creada desde el siglo XIX, presente aún en el imaginario colectivo, los interprete como algo especialmente propio de las damas, la realidad es que crónicas y fuentes plásticas nos hablan sobre todo de fastuosos tocados masculinos con perlas, plumas de pavo real o mariposas.

 La clave para comprender el vestido cortesano del XV son las prendas masculinas. Eran los caballeros los que movían el mundo, aunque lo hiciesen en nombre de su dama, y por consiguiente también eran ellos los que contaban con una cámara más lujosa. La documentación nos habla de nobles que se hacen cargo de las ropas de sus esposas e hijos, para vestirlos a juego con su traje, e incluso con el mobiliario textil de sus estancias.

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 Por supuesto no es que fuesen todos del mismo color: las composiciones eran mucho más sofisticadas. Cada miembro era vestido de acuerdo con su posición, para destacar su jerarquía entre el resto de la sociedad, de la que no dejaba en ningún caso de formaba parte integrante. En un mundo ordenado, en el que se es lo que se parece en un sentido moral y físico, la sutileza, el lujo más refinado y la atención a lo exquisito, son indispensables para la nobleza. Es la teoría del microcosmos (el traje) en el macrocosmos (la corte).

 Estéticamente, esto se reduce a que en términos formales la silueta femenina es una réplica adaptada de la masculina. Incluso en las largas faldas de las ropas talares, que eran una prenda de dignidad vestida por los hombres de mayor edad o relevancia. Pero esto llega a su fin en la década de los 70 del siglo XV, cuando en Borgoña nos encontramos con “faldas con cola”, y en Castilla, con faldas con verdugados.

Centrándonos en el caso de Castilla, el verdugado parece una evolución natural al concepto de traje por superposición que imperaba en el momento. Se ponía una especial atención a los paños del exterior y los enforros de las prendas, atendiendo al lugar que éstas iban a ocupar dentro del traje. Siguiendo la máxima simple pero lógica de que más es más, el más rico viste con más prendas, y las lleva unas sobre otras, hasta llegar a la última llamada con el nombre genérico de sobretodo.

 A parte de por el evidente volumen (pensemos en terciopelos, brocados con más o menos hilos metálicos, sedas varias, y por supuesto pieles) las prendas y joyas se hacían visibles con recursos como aberturas en mangas o talles, diferentes largos, y desde luego plegados que dotaban, sobre todo a las faldas, de muchísimo vuelo.

 

Aunque pueda parecer lo contrario, las siluetas del siglo XV eran muy estilizadas, con piernas de calzas muy ajustadas y terminadas en zapatos de largas puntas, y cinturas enmarcadas ya por delgados pero estrechos cintos, o “armaduras” interiores a modo de jubones para los hombres y coses para las damas.

Es difícil interpretar cómo serían los movimientos dentro de aquellos trajes (por demás pesados, aunque probablemente cálidos y agradables al tacto), ajustados a un protocolo fijado que indicaba el proceder en gestos muy concretos. Pero todo hace pensar en que el movimiento del traje era el principal recurso de su fastuosidad por los brillos de sedas, metales y piedras o las caídas de paños y plegados.

El verdugado hacía que las faldas de los briales femeninos se alejasen por completo de las ropas talares masculinas, lo cual ya es decir mucho, pero además suponía imprimir un movimiento constante a las faldas, que a veces incluso dejaba ver los tobillos de las damas, tapados por calzas, e incluso borceguíes, por supuesto, aunque no por ello menos depravado para la moral de la época.

 Ahora nos resulta casi increíble pensar que Doña Isabel, como un miembro más de esta corte, también vistiese estas prendas, y participase de este “descaro medieval femenino.” Es más, su gusto documentado por el lujo, o los adornos-joya de sus vestidos (parte de los cuales sufragaron los gastos de Colón y la guerra de Granada), hacen de ella una sucesora digna de las magníficas cortes de su padre y su hermano. Pero ese es otro post.

Laura Vegas

 

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