Moda y Modos

El profesor universitario Gillo Dorfles escribió a finales de los años 70 un pequeño tratado titulado Mode & Modi, que dos décadas más tarde fue traducido al español (Moda y modos, 2002). El texto introduce la palabra “modos” como sinónimo de la moda como factor sociológico y estético que abarca, además del vestido, a “los objetos, los ornamentos, la decoración, la orientación filosófica, política, científica, literaria”. Ni el espacio de esas páginas ni el enfoque del autor, que se fija en lo que según su criterio son los aspectos más singulares de la moda, le permiten cumplir con tan magna empresa.

El título del libro ilustra la heterogeneidad del término moda, su etimología y su doble dimensión. “Modus” significa modo o medida, lo que en el contexto del fenómeno fashion podría entenderse como el modo en que el individuo interpreta lo que le ofrecen creativos, marcas y preceptores de opinión. Diseñadores, pasarela, revistas, estilistas, blogs, tiendas o publicidad construyen un mundo de tangibles (producto moda) e intangibles (emociones y experiencias) susceptible tanto de ocultarnos a los demás como de hacernos presentes a las miradas de los otros, de singularizarnos o masificarnos, de servirnos en su mera funcionalidad práctica o de estimular nuestra imaginación. El individuo aplica a ese irracional bombardeo de influencias que le llegan de todos los frentes un filtro. Esto es, su propio modo o medida práctica, estética, económica o funcional. Para ello acomoda el propio criterio subjetivo, asociado irremisiblemente al gusto colectivo, a las tendencias emergentes o dominantes. Elige, acepta o rechaza las propuestas que se le ofrecen. Todo esto requiere de un aprendizaje, de una técnica aunque sea sencilla que se aprende en la cotidianeidad. A ese manual de la vida, se han sumado a través de las nuevas tecnologías muchos de los que desean auxiliar nuestras vidas estéticas: blogueros, estilistas, personal shopper y curates de todo tipo.

Esta mediación intencionada o intuitiva que la inteligencia pone en las acciones del cuerpo perfecciona a la persona. Ya sea en aspectos internos (personalidad) o externos y culturales (como la moda). Cuando en los resultados de esta elección cotidiana domina la eficacia y la sensibilidad, se suele llegar a la seguridad personal en el vestir: sabes lo que te sienta bien y lo que te hace bien. Y, al mismo tiempo, en los otros suscita la admiración y el deseo mimético de ese festivo “quiero ser como tú”. Pero de nuevo la inteligencia del imitador ha de aplicarse para encontrar el equilibrio entre cómo se desea ser y el cómo se es. La moda que nos acerca a lo bello contribuye a que nos sintamos mejor, pero nunca podrá darnos la seguridad que no poseemos. Las manifestaciones en el modo de actuar propiamente humano revelan que lo más logrado llega con el dominio del espíritu (inteligencia) sobre el impulso (espontaneidad) dando lugar a escenarios en los que la elegancia se define una manera rotunda. Y, entonces sí, apetece dejar a la espontaneidad rienda suelta sin peligro de errar. Hacer las cosas con arte en el ámbito de la moda es sencillamente poner el tono de la inteligencia en las acciones del propio cuerpo y “sus alrededores” que llamamos estilo de vida, hábitos de consumo, comportamiento y actitudes. Modos que hacen moda.

Victoria Cavia

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