El “Colmao de San Andrés”, modos de vida hechos negocio

 Esto, unido al afán por crear un negocio propio, cómodo y en que se sintiesen a gusto, llevó a Juan y a Maite a abrir el Colmao, como dicen en familia.

 

Así nació este curioso lugar, que desde marzo del 2004 engrosa la lista de “lugares con encanto” en la ciudad de Valladolid, con la intención de llevar al público un pedacito de sus vidas. Transportar su modo de vida a esta aventura, pero manteniendo ese puntito de hospitalidad que hace del espacio (y del negocio) algo fresco y hogareño, profesional sin que el cliente deje de sentirse cómodo y en familia.

Encontramos un sitio cargado, un horror vacui magnífico repleto de recuerdos y de elementos que sencillamente están ahí porque quedan bien. Sillas de aneas, muñecas de porcelana, flamencas de las de poner encima de la tele, maniquís de pruebas, partituras dispares, cajitas de latón, recortables de muñecas, relojes, vajillas… En fin, todo lo que pueda caber en nuestra imaginación. Las piezas que forman parte del local son elegidas con sumo cuidado, y esto se hace patente en la combinación de las más sentimentales con otras, de carácter más artístico, como son los cuadros. Así como otros elementos que van sedimentando las paredes del “Colmao”, fruto de las exposiciones sucesivas que en él se llevan a cabo. Es un kitch españolizado, repleto de lunares, volantes, encajes y elementos torerísticos, que ni siquiera Almodovar habría soñado, remitiendo a algunos a su juventud o infancia, y a otros a tiempos que recordamos de oídas.

 

Por el mismo criterio seguido para la decoración se rigen a la hora de la elegir los clientes, llevando a cabo una especie de ‘autoselección, que es sumamente sencilla. Juan y Maite pasan por su filtro personal a los parroquianos, teniendo como máxima el “antiborreguismo”, como dice el propio Juan. Él puede permitirse el lujo de querer que su negocio sea ciertamente clasista (en términos culturales), ya que puede estar a la altura de conversar con un cliente acerca del último partido de futbol o de la economía del país. Y acto seguido, debatir sobre una exposición de Chagal, contar batallas de Orson Welles, recordar las visitas de John Huston a Valladolid, o de las obras de Sallinger y de la atemporalidad de El Principito de Saint-Exupéry.

 

Clientes como Fernando Ercilla “el Erci”, que se define como un macarra irreverente, percusionista y pianista ocasional, hacen del espacio algo más dinámico. La espontaneidad que caracteriza a este músico diletante, al que “debería conocerse a partir de las doce de la noche”, le llevó a sentarse ante el piano Baldwin y “destripar” desde Duke Ellington hasta el “cumpleaños feliz”. Éste, como otros visitantes asiduos, alaba “la profesionalidad del camarero español, que es una especie en extinción”. La paz culta y el elitismo controlado que se respira se debe, en buena medida, “al favor que otros bares nos hicieron al abrir sus puertas”, según Juan.

 

En el aspecto musical, que también lo tiene, poco más se puede decir. “El Colmao de San Andrés” dispone de una guitarra y un piano al alcance de la mano de cualquier cliente-amigo aventurero y amante de la música. Por otro lado, de forma más canónica (sin fecha fija) van apareciendo amigos, sobre todo “en las noches de futbol”, como explica Maite. Se juntan para ensayar unas piececillas, tomando copas en los pocos metros cuadrados que sienten como una extensión del salón de su casa. En estas noches, la bossa nova, el flamenco, las fusiones de los géneros clásicos con el jazz, blues… son un elemento más que embellece la calidez del “Colmao”.

Gabriel Gonçalves

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